El hidrógeno podría reaparecer como una pieza clave del rompecabezas de la energía totalmente renovable.

EN SÍNTESIS

Los planes para conseguir una energía completamente renovable no tendrán éxito a menos que los países reestructuren todos sus sistemas energéticos, incluidos los combustibles.

Los excedentes de energía solar y eólica pueden hacer funcionar electrolizadores que convierten el agua en hidrógeno, el cual se podría almacenar para reconvertirlo en electricidad cuando se necesite.

Para que el creciente interés por el hidrógeno se materialice en infraestructuras, deberían disminuir los costes de producción. También son imprescindibles la aceptación social y las ayudas gubernamentales.

El hidrógeno circula por las tuberías subterráneas de Cappelle-la-Grande y contribuye al suministro energético de un centenar de hogares de esta población del norte de Francia. En una calle próxima al centro, un electrolizador encerrado en un pequeño contenedor metálico emplea la electricidad procedente de parques eólicos y solares para disociar el agua y producir hidrógeno «renovable», que se añade al flujo de gas natural que ya circula por los conductos. Al reemplazar parte de ese combustible fósil, el hidrógeno reduce hasta un 7 por ciento las emisiones de carbono de las calefacciones, los calentadores de agua y las cocinas de la población.

El sistema de Cappelle-la-Grande es un laboratorio viviente creado por la compañía energética francesa Engie. La empresa prevé un gran aumento de la energía basada en hidrógeno a medida que siga disminuyendo el coste de los electrolizadores y de las energías renovables. Si Engie está en lo cierto, introducir hidrógeno en las redes locales de distribución de gas podría acelerar la transición de la energía fósil a la limpia.

Esta compañía no está sola. El hidrógeno renovable es fundamental para las perspectivas de la Comisión Europea de alcanzar cero emisiones netas de carbono en 2050 y también despierta un creciente interés entre los gigantes industriales del continente. A partir del año que viene, las nuevas turbinas para centrales eléctricas fabricadas en la Unión Europea deberían estar preparadas para quemar una mezcla de hidrógeno y gas natural, y los fabricantes de la UE afirman que estarán homologadas para quemar un cien por cien de hidrógeno hacia 2030. Mientras tanto, las siderúrgicas europeas experimentan con el hidrógeno renovable como sustitutivo del carbón en sus hornos.

En realidad, la idea de impulsar la economía con hidrógeno renovable no es nueva. Hace casi un siglo, el famoso genetista y matemático británico J. B. S. Haldane vislumbró una era posterior a los combustibles fósiles caracterizada por «grandes centrales eléctricas» que producirían hidrógeno. Esta visión se tornó fascinación en los albores de nuestro siglo. En su futurista libro de 2002 The hydrogen economy, Jeremy Rifkin profetizó que el gas catalizaría una nueva revolución industrial. Las energías solar y eólica disociarían un recurso ilimitado (el agua) para obtener hidrógeno destinado a la electricidad, la calefacción y la energía industrial, e inofensivo oxígeno como subproducto.

En 2003, el presidente George W. Bush presentó un ambicioso programa de investigación de 1200 millones de dólares para generalizar el uso de vehículos de pilas de combustible de hidrógeno en una generación [véase «El vehículo del cambio», por Lawrence D. Burns, J. Byron McCormick y Christopher E. Borroni-Bird; Investigación y Ciencia, diciembre de 2002]. Las pilas de combustible de los garajes también servirían como fuentes de electricidad auxiliares para los hogares. Meses después, la revista Wired publicó un artículo titulado «El hidrógeno puede salvar Estados Unidos», que defendía que este gas podía acabar con la dependencia del petróleo importado contaminante.

Pero la evolución inmediata no respondió a estas expectativas. Los vehículos eléctricos propulsados por baterías, menos costosos y cada vez más avanzados, acapararon el protagonismo del «coche ecológico». En 2009, la administración de Obama aparcó el tema del hidrógeno. Su primer secretario de energía, el físico y premio Nobel Steven Chu, explicó que la tecnología del hidrógeno aún no estaba lista y que quizás las pilas de combustible y los electrolizadores nunca fuesen rentables.

Fuente original: https://www.investigacionyciencia.es/revistas/investigacion-y-ciencia/el-nuevo-coronavirus-796/la-solucin-del-h-sub-2-sub-18466