Las estrategias para reducir el dióxido de carbono requieren más árboles, pastos y residuos agrícolas de los que puede permitirse el planeta.

EN SÍNTESIS

Las hojas de ruta para limitar el calentamiento global a 1,5 grados Celsius dependen demasiado de que los árboles y las plantas secuestren dióxido de carbono de la atmósfera.

La principal estrategia es la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono, pero su implementación a gran escala precisaría un área de dimensiones continentales que hoy se dedica a cultivos y pastos.

La biomasa podría constituir parte de la solución si un mayor reciclaje y el uso de cocinas ecológicas redujeran la demanda y diversas técnicas de agrosilvicultura aumentaran el suministro.

En los campos de cultivo de las afueras de Decatur, Illinois, un camión cargado de mazorcas de maíz entra en el almacén de una fábrica de etanol propiedad del gigante agroalimentario Archer Daniels Midland. Un gran tanque de fermentación transforma el maíz en etanol, que se transportará hasta una refinería para mezclarlo con gasolina y venderlo por todo Estados Unidos. El proceso de fermentación libera dióxido de carbono, que se captura en una enorme chimenea y se encauza por una tubería hasta la boca de un pozo. Unas bombas envían el gas a gran profundidad, donde queda atrapado en la arenisca.

Este proyecto piloto, que está a punto de completar su periodo de prueba de tres años, supone una forma innovadora de retirar dióxido de carbono de la atmósfera al tiempo que se genera un producto comercial para sufragar los gastos. Las plantas de maíz absorben CO2 mientras crecen, e inyectar el gas en la arenisca permite su almacenamiento permanente.

Pero el uso del maíz como combustible, que se disparó en EE.UU. a principios de siglo, suscita polémica. Ese maíz podría alimentar a personas y animales: las plantas para elaborar biocombustibles ocupan una tierra que podría emplearse para cultivar productos alimenticios. Además, la combustión del etanol en los vehículos produce nuevas emisiones de CO2, al igual que la cosecha y el transporte del maíz. Y la fermentación, canalización e inyección requieren una energía que, al menos en el Medio Oeste de EE.UU., puede provenir de combustibles fósiles. Por lo tanto, no está claro que el etanol producido a partir del maíz pueda reportar una reducción neta del CO2 atmosférico.

La fábrica de Decatur constituye un ejemplo de una serie de procesos que buscan producir «bioenergía con captura y almacenamiento de carbono» (BECAC). Aunque esa instalación usa cereales, la mayoría de las técnicas emplean plantas leñosas (árboles, arbustos y pastos), que se transforman en combustibles líquidos o se queman para generar electricidad. Las emisiones que generan esas actividades podrían almacenarse bajo tierra, aunque otra opción sería venderlas como materia prima, para usarlas en plantas químicas o inyectarlas en yacimientos petrolíferos menguantes y poder extraer más crudo [véase «La falacia de la captura de carbono», por David Biello; Investigación y Ciencia, marzo de 2016].

Ignorada casi por completo hace 10 años, la biomasa ocupa hoy un lugar prominente en los planes para mitigar el cambio climático. La lista de aplicaciones es larga y no deja de crecer: aparte de los biocombustibles, incluye la quema de biomasa para producir calor y electricidad, los biodigestores que generan metano comercial, el biocarbón para fertilizar el suelo, así como los bioplásticos y ciertos materiales de aislamiento y construcción. Entre las hojas de ruta con una gran dependencia de la biomasa figuran el informe Calentamiento global de 1,5 °C, presentado en 2018 por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), y su informe especial El cambio climático y la tierra, de 2019; la Cuarta evaluación nacional del clima de EE.UU., publicada en noviembre de 2018; y los escenarios del proyecto Drawdown, recogidos en 2020 en The Drawdown review. Industrias tan potentes como la eléctrica, la de los combustibles y la de los plásticos están apostando fuerte por la biomasa como materia prima, y eso augura un aumento astronómico de la demanda.

El consenso científico detrás de esas hojas de ruta es que, para preservar un clima adecuado para la civilización, el calentamiento global debe limitarse a 1,5 grados Celsius por encima de los niveles preindustriales. Eso requeriría reducir las emisiones en un 45 por ciento para 2030 y alcanzar cero emisiones netas hacia 2050 (respecto a los niveles de 2010), según el informe Calentamiento global de 1,5 °C del IPCC. Disponemos de un «presupuesto de carbono» (la cantidad de emisiones futuras que podemos permitirnos antes de superar el umbral de los 1,5 grados) de entre 420.000 y 580.000 millones de toneladas (Mt). Y para mantenernos por debajo de ese límite hay que reducir las emisiones y también retirar CO2 de la atmósfera. El IPCC estima que la BECAC podría secuestrar entre 400 y 11.300 Mt al año. El proyecto Drawdown no incluye la BECAC, pero calcula una media de entre 1100 y 2500 Mt anuales gracias a otras aplicaciones de la biomasa.

https://www.investigacionyciencia.es/revistas/investigacion-y-ciencia/los-reyes-del-bosque-809/la-encrucijada-de-la-biomasa-19054