El océano profundo se consideraba el escenario donde se originó la vida. Sin embargo, nuevos indicios apuntan hacia zonas volcánicas terrestres activas.

Es noche cerrada. Nos hemos abierto paso entre la densa maleza, en el noroeste de Australia, guiados únicamente por la tenue luz de la pantalla de un GPS. Su brillo es demasiado débil para iluminar los árboles caídos sobre el cauce seco del arroyo que estamos recorriendo, y nos tropezamos con ellos continuamente. Somos dos geólogos trabajando, en junio de 2014, en una región remota del país llamada Pilbara: Djokic, al frente, y Van Kranendonk, unos pasos más atrás. Aparcada en medio de un pequeño altiplano, nuestra camioneta parece quedar a un mundo de distancia. No sabemos si las baterías de nuestros GPS durarán lo suficiente como para mostrarnos el camino de vuelta.

El hecho de que nos abramos paso de noche en Pilbara se debe a que hemos pasado el día cautivados por el nuevo hallazgo realizado por Djokic en unas rocas sedimentarias de 3480 millones de años conocidas como la formación Dresser. Algunas de esas rocas están compuestas por unas capas onduladas blancas y anaranjadas denominadas geiseritas, creadas por acción de un géiser volcánico superficial. En ellas se observan unas burbujas formadas por gas que quedó atrapado en el interior de una película pegajosa producida probablemente por una fina capa de microorganismos similares a bacterias. Las rocas superficiales y los indicios de biopelículas apoyan una nueva teoría sobre uno de los enigmas más antiguos del planeta: cómo y dónde comenzó la vida. Las pruebas apuntan hacia unas fuentes y pozas termales volcánicas de hace unos 3500 millones de años situadas en terreno continental.

La hipótesis supone una versión del origen de la vida muy distinta a lo postulado por los científicos desde 1977. Ese año, el submarino de investigación Alvin descubrió unas chimeneas hidrotermales en el fondo del océano Pacífico por las que emanaban minerales de hierro y azufre y algunos gases, como metano y sulfuro de hidrógeno. En torno a las estructuras florecía un rico ecosistema de bacterias primitivas y gusanos de gran tamaño. Desde entonces, los biólogos han sostenido que tales chimeneas, resguardadas de los cataclismos que azotaban la superficie terrestre hace unos 4000 millones de años, podrían haber aportado la energía, los nutrientes y el ambiente seguro necesarios para que se originara la vida. Pero esa teoría plantea una serie de problemas. El mayor de todos radica en la gran cantidad de agua que contiene el océano, donde las moléculas necesarias se diluirían demasiado rápido como para poder interactuar entre sí, y formar membranas celulares y desarrollar un metabolismo primitivo.

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