Por los años en torno a la Revolución francesa, cuya fecha inaugural emblemática se cifra en la toma de la Bastilla, el martes 14 de julio de 1789, París presentaba más científicos experimentadores y teóricos que el resto del planeta. La ciudad respiraba afán de saber por los cuatro costados. No suelen atender a ese fenómeno los historiadores, proclives a considerar ese acontecimiento como una revuelta burguesa frente a una aristocracia corrupta y estéril. Lo cierto es que intervinieron los científicos más que los banqueros: muchos científicos se implicaron en la política y muchos políticos pasaban parte importante de su jornada en el laboratorio. Juntos se propusieron construir un mundo nuevo. En Antoine Lavoisier se representaba, por antonomasia, la simbiosis entre el científico eximio y el político que trabajaba para el fisco.

Lavoisier, fundador de la química y la fisiología modernas, experto en pólvoras e investigador agrónomo, fue arrestado y llevado ante la corte de justicia revolucionaria. Arreciaron las protestas de quienes veían en él un genio de la ciencia. Les hizo frente el presidente del tribunal con unas palabras, apócrifas en su atribución aunque no en su pronunciación, que han pasado a la historia y, de paso, dan título al libro de Steve Jones: «La República no necesita genios». Lavoisier fue guillotinado el 8 de mayo de 1794. Lagrange comentó al día siguiente: «Ha bastado un instante para cortarle la cabeza, pero Francia necesitará un siglo para que aparezca otra similar».

No fue el único. Conocieron igual suerte el astrónomo Jean Sylvain Bailly, el geólogo e ingeniero de minas Philippe-Frederic Dietrich, el botánico François Rozier, y el astrónomo y matemático Bochart de Saron. De hecho, uno de cada cuatro miembros de la Academia de las Ciencias sufrió una muerte violenta o un encarcelamiento durante la Revolución. ¿Fue una paradoja que esta estallase cuando se vivía uno de los renacimientos más gloriosos de la ciencia?

Para describir el panorama científico de París, el autor se instala en el observatorio privilegiado de la torre Eiffel, abierta en 1889 en conmemoración del centenario de la caída de la Bastilla, símbolo audaz de la modernidad y durante cuarenta años el edificio más alto del mundo. La estructura, afirmaba Gustave Eiffel, debía representar el siglo de la industria y de la ciencia, una época preparada por el poderoso impulso científico de la segunda mitad del siglo XVIII. Andaba en razón, pues la ciudad constituía entonces el centro de un empeño que no volvería a repetirse en la historia.

El propio Eiffel trabajó apoyándose en las relaciones matemáticas entre forma, tamaño, masa y velocidad. En un estudio posterior sobre aerodinámica, construyó en la base de la torre el primer túnel de viento funcional del mundo, el cual alcanzaba velocidades cercanas a las experimentadas por los primeros aeroplanos y que fue muy utilizado por los pioneros de la aviación. La estructura alojaba un laboratorio de fisiología que examinaba los efectos del ejercicio a quienes subían las escaleras. Contaba también con una estación meteorológica, empleada para comparar vientos y temperaturas en superficie y en altura. Se utilizó como observatorio cuando la niebla oscurecía la visión desde el suelo. En ella se realizaron las primeras mediciones de cambios de carga eléctrica registrados en la atmósfera. No solo fue el lugar donde se produjo la primera radiotransmisión del mundo, en 1898, sino que además en ella se compararían los niveles de radiación. Se asienta sobre el Campo de Marte, pista de lanzamiento del primer globo de hidrógeno, que se elevó en 1783.

Al norte de la torre divisamos los Jardines de Luxemburgo, campo experimental de agronomía; Montmartre, donde se colocó un espejo giratorio que sirvió para medir la velocidad de la luz, y el Museo de Artes y Oficios, primer museo de la técnica, que albergaba máquinas, modelos, herramientas y libros de todas las artes y oficios. Un tanto alejado, el Museo de Ciencia e Industria de La Villette.

Hacia el sur de la torre Eiffel se encuentran los laboratorios que establecieron la teoría microbiana de la enfermedad, con identificación de los agentes de la rabia, el tifus, la peste y, en tiempos modernos, el sida. En esa misma dirección, la sede de la Société d’Accueil, un laboratorio privado establecido en 1807, que constaba de 15 miembros, nueve de los cuales serían socios de la Real Sociedad de Londres. Entre otros, el inventor de la lejía, el fundador de la biogeografía y el primer explorador aéreo de la atmósfera, así como los descubridores del origen de los meteoritos, el reloj biológico interno y la polarización de la luz. Si proseguimos, daremos con el Palacio de Versalles, cuyos jardines poseían la mayor colección de especies. Allí se produjo un experimento innovador en genética: una mutación en una línea de fresas de la que resultaron hojas únicas en vez de trifoliadas. La nueva forma se cruzó con otras y los resultados aparecieron en un texto de 1766 titulado Sobre la distinción de especies, razas y variedades. En 1783, se asistió allí al primer vuelo público de un globo.

En la dirección este desde la torre se yergue la Academia de Ciencias, bajo la cúpula de lo que antaño fue el Colegio Mazarin, la sección de la Universidad de París en la que estudió Lavoisier. Podemos continuar para alcanzar el Observatorio de París, cuyos astrónomos establecieron la forma de la Tierra y promovieron una inspección geológica muy precisa de la nación. También, el Jardín de Plantas y el Museo de Historia Natural, donde nació la paleontología moderna y se descubrió la radiactividad. Reparemos, asimismo, en el Hospital de la Pitié-Salpêtrière, donde la psiquiatría y la neurología dieron sus primeros pasos.

Hacia el oeste daremos con la Oficina de Pesas y Medidas, fundada en reconocimiento de la invención francesa del sistema métrico. Entre sus muros se conserva la barra de platino e iridio que sirvió para definir el metro y la masa que cumple la misma función para el kilogramo. En los cuatro puntos cardinales se respiraba un mismo aliento: la educación científica habría de informar los asuntos de Estado y crear un país racional. Y ello pese a quienes, como Jean-Paul Marat, epítome de populistas, abominaban de la matemática porque inducía la devoción a símbolos y fórmulas.

Fuente: www.investigacionyciencia.es/revistas/investigacion-y-ciencia/misin-a-alfa-centauri-703/ciencia-en-la-ciudad-15209