En 1999, Robert Shapiro, entonces director de Monsanto, pronunció un asombroso mea culpa en el congreso de Greenpeace de Londres. Pese a llevar tan solo tres años en el mercado, los primeros cultivos transgénicos de Monsanto se enfrentaban al duro rechazo de la población. Tras su fallido lanzamiento influido por una falta de transparencia, la compañía, según Shapiro, había respondido desde el debate, en lugar del diálogo. «Nuestra confianza en esta técnica […] se ha considerado, comprensiblemente, como una actitud condescendiente e incluso arrogante», declaró. «Hemos pensado que nuestro trabajo consistía en persuadir y nos hemos olvidado demasiadas veces de escuchar.»

El daño ya estaba hecho. Quince años después, según el Centro Pew de Investigación, solo el 37 por ciento de los estadounidenses consideraba que el consumo de alimentos transgénicos era seguro, frente al 88 por ciento de los científicos. Los organismos reguladores de Estados Unidos debatieron durante años sobre la conveniencia de etiquetar los alimentos transgénicos y el modo de hacerlo [véase «Cultivos transgénicos: sigue el debate», por David H. Freedman; Investigación y Ciencia, noviembre de 2013]. En 2015, más de la mitad de los miembros de la UE prohibían por completo los cultivos.

La ciencia no discurre en un mundo aparte. Pero, históricamente, muchos investigadores no han logrado abordar o no han admitido la compleja relación entre su trabajo y la forma en que este se percibe una vez ha abandonado el laboratorio. «La lamentable experiencia que tuvimos con los alimentos modificados genéticamente fue una lección sobre lo que ocurre cuando se produce un fallo a la hora de familiarizar al público con una información precisa y de concederle la oportunidad de pensar en las posibles contrapartidas», afirma R. Alta Charo, experta en bioética y profesora de Derecho en la Universidad de Wisconsin-Madison. Cuando se rompe la comunicación entre la ciencia y la sociedad a la que sirve, la confusión y la desconfianza resultantes lo embarran todo, desde la investigación hasta la inversión industrial y la legislación.

En la era emergente de la técnica CRISPR y el impulso génico (gene drive), los científicos no quieren caer en los mismos errores. Las nuevas herramientas proporcionan a los investigadores una capacidad sin precedentes para editar el ADN de cualquier ser vivo; y, en el caso del impulso génico, para alterar el ADN de poblaciones silvestres. Los avances ofrecen la posibilidad de abordar problemas globales de gran envergadura, como mitigar algunas amenazas para la salud, entre ellas la malaria, o desarrollar cultivos más resistentes al cambio climático. Aun si se cumplen las expectativas de CRISPR y el impulso génico y surgen productos relevantes que sean seguros para la población y el ambiente, ¿de qué sirve la técnica más prometedora si el público la rechaza?…

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