Han de Groot: Es el director general de Rainforest Alliance, una ONG internacional que tiene por objeto la conservación y el aprovechamiento sostenible de los bosques.

El cambio climático se ceba con los habitantes más vulnerables del planeta, en especial con las comunidades rurales pobres que dependen de la tierra como medio de subsistencia y con las poblaciones costeras de los trópicos. Todos hemos visto la desolación y la miseria que causan en tales entornos los episodios meteorológicos catastróficos, como huracanes, inundaciones, sequías o incendios forestales.

En busca de un remedio, los defensores del ambiente y los políticos han priorizado reducir el uso de los combustibles fósiles o aplicar las técnicas que secuestren el carbono antes de que alcance la atmósfera. Pero pese a su innegable importancia, esa visión ha relegado a un segundo plano el método más potente y económico que existe para la captura de ese elemento en la Tierra. Estudios recientes confirman que los bosques son indispensables para paliar el cambio climático, gracias a su capacidad de absorción y secuestro del carbono. Tanto es así que las soluciones naturales como la conservación y la repoblación de las masas forestales, junto con mejoras en la ordenación territorial, nos ayudarían a alcanzar el 37 por ciento del objetivo marcado, a saber, limitar el calentamiento hasta un máximo de 2 oC por encima de los valores preindustriales. Ello contrasta con el escaso 2,5 por ciento que tales soluciones reciben de toda la financiación pública.

La capacidad de los bosques para retener el dióxido de carbono es extraordinaria: un árbol almacena de media unos 22 kilogramos al año. Los bosques inalterados pueden asimilar las emisiones de CO2 de algunos países enteros.

Los políticos y las empresas deben diseñar y poner en práctica medidas que impidan la deforestación, promuevan la reforestación de las tierras degradadas y fomenten la gestión sostenible de los bosques. Ello garantizará que las masas vegetales sigan desempeñando funciones esenciales, como la producción de oxígeno, la filtración del agua y el sostenimiento de la biodiversidad, además de suponer un medio de subsistencia para 1600 millones de habitantes.

Por desgracia, pese a los compromisos de las empresas y los Gobiernos para terminar con la deforestación, extensas superficies de bosque son convertidas en campos de cultivo para producir un puñado de materias primas que consumen cuantiosos recursos. Ha llegado la hora de reforzar la protección y la recuperación de los bosques. No es casual que la ONU haya declarado el 2020 Año Internacional de la Sanidad Vegetal, puesto que al mejorar la salud de los recursos vegetales podrán abordarse otros problemas acuciantes. Cabe citar la inseguridad alimentaria, que afecta a numerosas zonas: el arbolado mejora la productividad agrícola y brinda a los campesinos otra fuente de ingresos con la venta de la cosecha o la madera, en el llamado aprovechamiento agroforestal. Se calcula que si la inversión en este ámbito aumentase, ayudaría a secuestrar hasta 8420 millones de toneladas de CO2, a la par que ahorraría 640.000 millones de euros hasta 2050. En los terrenos productivos en los que resulte difícil aumentar la cubierta forestal, este tipo de aprovechamiento sería una opción interesante.

En las regiones rurales más atrasadas, sobre todo en las tropicales, los programas comunitarios de gestión forestal pueden ser un camino para salir de la pobreza. En la región guatemalteca de Petén, por ejemplo, los bosques gestionados por los lugareños han gozado de un índice de deforestación casi nulo entre 2000 y 2013, en contraste con el sangrante 12 por ciento que afecta a las zonas protegidas y a las franjas de amortiguación circundantes. Esas comunidades han emprendido actividades comerciales ligadas a la selva, de bajo impacto y sostenibles que han mejorado la economía de la región lo suficiente como para invertir en escuelas y centros sanitarios. Su éxito resulta especialmente alentador en un lugar donde, fuera de esas zonas, el desmonte se ha multiplicado por veinte.

La restauración del paisaje promete una rentabilidad inigualable en virtud de los servicios ecosistémicos y del volumen de carbono secuestrado y almacenado. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, podría llegar a retener hasta 1540 millones de toneladas de CO2 cada año. Los proyectos de reforestación también pueden entrelazarse con los sistemas humanos; los bosques restaurados suministran una base de recursos renovables y nuevas oportunidades económicas a las poblaciones locales.

El Reto de Bonn, promulgado por dirigentes mundiales con el objetivo de restaurar 150 millones de hectáreas de tierras degradadas hasta 2020, ha sido secundado por 57 Gobiernos y otras entidades. Numerosos colectivos se han comprometido a reducir a la mitad la deforestación del planeta en 2020 a través de la Declaración de Nueva York sobre los Bosques. Y como ejemplo ilustrativo de la cooperación entre los sectores público y privado, la Iniciativa Selvas y Cacao persigue poner fin a la deforestación motivada por este cultivo en Costa de Marfil, Ghana y Colombia.

Más árboles significan una vida mejor en un planeta más sostenible.

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